Leyenda aborigen
Thursday, May 22, 2003
Muru
y su hermano mayor habían salido de caza. Llegados a un claro del bosquecillo,
decidieron hacer un alto en el camino para comer algo. Muru ya sabía
cómo encender fuego y se sentía experto en el tema. Recogió
hojas y ramitas con las que formó una pila a la que luego agregó
una rama grande.
- Con esto tendremos fuego para un buen rato- dijo Muru con satisfacción,
y encendió la hoguera.
Luego desapareció detrás de unas grandes roca, al pie de una colina.
Cuando regresó al claro del bosquecillo, su hermano estaba dormido. Dejó
a su lado el lagarto que había cazado y algunos brotes y raíces
tiernas que había recogido por el camino.
- ¿Estás bien?- le preguntó.
Su hermano abrió los ojos y contestó:
-Sí, pero creo que con una buena comida me sentiré mejor.
Dicho esto, se levantó e inspeccionó los alimentos que había
traído Muru.
Luego le dijo:
-Haré de ti un gran cazador. Ahora comamos y más tarde regresaremos
a la aldea.
Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, los dos hermanos se encontraban ya
cerca de su casa.
-Bueno, mUru- le dijo su hermano-. Espero que te lo hayas pasado bien.
Muru miró a su hermano con los ojos brillantes de alegría.
- Sí, me lo he pasado muy bien. ¿Podremos volver a cazar juntos
otro día?
Su hermano se mantuvo en silencio durante unos minutos, y luego le dijo:
-Puede que sí. Puede que sí. Aún tienes muchas cosas que
aprender. Hay algunos secretos del bosque que podría enseñarte.
-¿Cuáles?-preguntó Muru-. Puedo seguir huellas , cazar,
hacer fuego, cocinar, encontrar agua y curar dolores de cabeza, y probablemente
pueda evitar a las serpientes y a los dingos, y...
-Espera, espera-se rió su hermano-. Sí, creo que podrías
sobrevivir en el desierto, si fueras lo suficientemente tonto como para perderte
en él. Creo que estás comenzando a entender los mensajes que nos
envía la Tierra.
Muru no estuvo de acuerdo. No quiso admitir que en realidad no entendía
bien lo que su hermano quería decir, y comenzó a hablar:
- Estoy seguro de que puedo escuchar a las aves y a los animales, y al viento
y al trueno...
- Es más que eso, Muru- le interrumpió su hermano-. Nuestros ancestros
nos hablan en todas partes, en todas las cosas.
Muru no supo qué decir.
-Ellos están a nuestro alrededor, Muru- continuó diciendo el hermano-.
Nos hablan de todas las cosas. Lo que hay que hacer es escuchar el mensaje.
Hay quienes creen que, en el comienzo, la voz del primer ancestro hablaba todos
los días desde un árbol alrededor del cual se sentaban todos los
de la tribu. Pero a medida que ql tiempo fue pasando, la gente se cansó
de escuchar sus palabras de sabiduría, y uno tras otro decidieron olvidarse
de la voz y dedicarse a disfrutar de la vida . Un gran silencio se apoderó
entonces de la Tierra y de los mares. El viento dejó de soplar, las aves
enmudecieron y el universo parecía agonizar.
“Sin embargo, la gente se cansó también de los placeres
de la vida y se sintieron solos y amedrentados. Regresaron junto al gran árbol
una y otra vez esperando oír las palabras que hicieran más llevadera
su miseria. Y un día, la voz del ancestro habló nuevamente.”
“La voz les dijo que era la última vez que se la podría
oír, pero que les daría una señal. El gran árbol
se partió en dos y, en el acto, una gigantesca lengua de luz fue hacia
él y lo unió nuevamente.”
“Desde entonces, los hombres saben que la voz del ancestro existe en todas
las cosas y que les habla a través de cualquier elemento de la naturaleza.
No debes sentirte solo, ni con miedo, ni perdido, ni tener hambre si escuchas
a tu propia tierra. Ahora mismo estoy escuchando otros sonidos. ¡Mira!-
y señaló con la mano hacia el final del sendero por el que iban
caminando.
Muru miró y se le agitó el corazón.
Vio entonces el humo de los fuegos de su aldea, y hasta su nariz llegaron aromas
que conocía muy bien. Sintió entonces que estaba de nuevo en casa,
y que ya nunca sería el mismo de antes. El muchacho era casi un hombre.
Algo avergonzado, le dijo a su hermano mayor:
-Gracias por todo, especialmente por la historia que me has contado.
-Guárdala como un tesoro- le respondió-. Llegará un día
en que tú se la contarás a tus hijos y sobrinos, y ellos a sus
hijos y sobrinos. Es una gran responsabilidad. Ahora estamos tomando el ejemplo
del hombre blanco y nos comportamos como ellos, pero nunca debemos olvidar nuestra
manera de ser.